sábado, 6 de marzo de 2010



VIVIR EN EL CENTRO
“Ya llega el cortejo…”, apenas si había conseguido borrar de mis oídos el monótono tan-tan de las chirigotas y de mi memoria visual el paseo del indio, del oso, de la harpía, de Charlot y de los dráculas…he aquí que, ya entrada la noche, escucho los sones solemnes de la “Amargura”. ¿Será posible?. Sí, en el centro todo es posible. En el centro van y vienen las paranoias locales a una velocidad que más quisiera Fernando Alonso.
Este frenopático funciona así: A finales de Octubre, (cuando ya estamos a punto de olvidar la bulla del verano y las colas para encontrar mesa en Balbino…), es decir, dos meses antes de lo que toca, se llenan las calles del fun-fun-fun navideño y uno no sabe a qué pez sediento quedarse o a qué altavoz darle un garrotazo. Sin embargo, como la gente es más buena que la mar, te besuquea, te invita a la octava, mientras se harta de protestar del dineral gastado en regalos y sueña en manada frente al reloj con un año siguiente muchísimo mejor, dondevaponé. La plaza, en fin, queda hecha una pocilga I.
Apenas si vuelve la paz, por arte de biribirloque, sale de la chistera municipal un antifaz de colorines y el villancico se transmuta en cuplé. Ni siquiera hace falta cambiar las luces de la plaza. Uno sigue viendo la mirada inocente de los niños y piensa que merece la pena, pero cuando advierte la llegada de las bandas de forajidos embetunados le entran ganas de volver a llamar al carnaval Fiestas Tradicionales, con todo lo que eso conlleva. La plaza, en fin, queda hecha una pocilga II.
No señor mío, ahí no acaba la cosa. Segundos después de limpiar de mierda calles y fachadas, suena bajo mi balcón “La Amargura” y un paso sin virgen, ni cristo que echarse a la boca, llevando en su lugar diez sacos terreros, avanza inmisericorde por la calle del teatro a hombros de costaleros echándole agallas a cada grito del capataz, “¡a esta es, valientes!, ¡Antoñito, picha, que te echas a la izquierda más que el Zapatero, endereza, cojones!”. Cuando llegue su momento de gloria la plaza quedará hecha una pocilga III.
Si, la Plaza del Cabildo es el epicentro de todas las paranoias, donde familias, jartibles, capillitas y turistas, por toca, nos van volviendo locos cada dos meses a los que tenemos la suerte o la desgracia de vivir en los aledaños de este manicomio. La verdad es que se agradece pues elimina el acostumbrado aburrimiento, la inveterada somnolencia del invierno, pero a veces uno no querría divertirse tanto.

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