jueves, 18 de marzo de 2010



HASTA EL OTOÑO

Yo es que, aunque les suene raro, ya no creo en el resplandor que dejan los fantasmas. Debe ser que, desde que me operaron de cataratas y me dejaron los ojos con más brillos que Las Vegas en hora punta, no soporto más luciérnagas que el sol del alba o del atardecer. Pero es que además este rechazo al resplandor de los fantasmas me ha traído algunos daños colaterales, por ejemplo: tampoco soporto a los líderes.
Antes uno se creía que el Che era el no va más del mercado carismático, que Castro era el símbolo de la valentía y de la honradez, que cada uno de los líderes republicanos españoles, por ejemplo Azaña o Largo Caballero, eran la hostia, que los gudaris vascos, Cherokee por poner, ni se sabe la de cojones que tenían, 6 ó 7 por lo menos, que Anguita era más listo que el hambre, que Felipe y Fraga tenían el Estado en la cabeza, etc, etc, etc y así hasta Viriato, el Cid, Almutamid o el mismísimo Nabucodonosor, que tiene nombre de embutido con aceitunas o de sobreasada.
Pero de pronto casi llega abril, el momento de quitarnos la boina tan mojada de este invierno, empiezan a florecer las plantas, las camisetas y los cuerpos… y a uno ya no le apetece creer en nada más que en la luz por mucho que moleste a mis pupilas.
En segundos las lindas peleítas con las que Zapatero y Rajoy nos distrajeron durante este tedioso inviernos se ven como uno más de los interminables aguaceros, pero, cuando desaparece la bruma, el dorondón marismeño, uno se da cuenta de que ahí sigue el mar, el sol tan calentito, la arena desbaratada que nos dejó la resaca de la última tormenta… en fin, que Sanlúcar y lo que no es Sanlúcar, vuelve a revivir y, jartitos ya, dejamos que los políticos más pesaos de todos los tiempos se vayan a Doñana y a Cudillero, y se olviden un rato de nosotros, se conviertan en políticos suizos, expertos en hacer que nadie en el mundo sepa como se llaman y en dejar que las cosas sigan funcionando como siempre, es decir mal, pero que al fin y al cabo es a lo que uno está acostumbrado.
Yo creo que sin tantos salvapatrias como Hitler, Stalin, Mao, Franco, Castro, Chavez, etc el mundo sería más o menos normal. A ver si llega el momento en el que nadie nos venga a arreglar la vida.

sábado, 6 de marzo de 2010



VIVIR EN EL CENTRO
“Ya llega el cortejo…”, apenas si había conseguido borrar de mis oídos el monótono tan-tan de las chirigotas y de mi memoria visual el paseo del indio, del oso, de la harpía, de Charlot y de los dráculas…he aquí que, ya entrada la noche, escucho los sones solemnes de la “Amargura”. ¿Será posible?. Sí, en el centro todo es posible. En el centro van y vienen las paranoias locales a una velocidad que más quisiera Fernando Alonso.
Este frenopático funciona así: A finales de Octubre, (cuando ya estamos a punto de olvidar la bulla del verano y las colas para encontrar mesa en Balbino…), es decir, dos meses antes de lo que toca, se llenan las calles del fun-fun-fun navideño y uno no sabe a qué pez sediento quedarse o a qué altavoz darle un garrotazo. Sin embargo, como la gente es más buena que la mar, te besuquea, te invita a la octava, mientras se harta de protestar del dineral gastado en regalos y sueña en manada frente al reloj con un año siguiente muchísimo mejor, dondevaponé. La plaza, en fin, queda hecha una pocilga I.
Apenas si vuelve la paz, por arte de biribirloque, sale de la chistera municipal un antifaz de colorines y el villancico se transmuta en cuplé. Ni siquiera hace falta cambiar las luces de la plaza. Uno sigue viendo la mirada inocente de los niños y piensa que merece la pena, pero cuando advierte la llegada de las bandas de forajidos embetunados le entran ganas de volver a llamar al carnaval Fiestas Tradicionales, con todo lo que eso conlleva. La plaza, en fin, queda hecha una pocilga II.
No señor mío, ahí no acaba la cosa. Segundos después de limpiar de mierda calles y fachadas, suena bajo mi balcón “La Amargura” y un paso sin virgen, ni cristo que echarse a la boca, llevando en su lugar diez sacos terreros, avanza inmisericorde por la calle del teatro a hombros de costaleros echándole agallas a cada grito del capataz, “¡a esta es, valientes!, ¡Antoñito, picha, que te echas a la izquierda más que el Zapatero, endereza, cojones!”. Cuando llegue su momento de gloria la plaza quedará hecha una pocilga III.
Si, la Plaza del Cabildo es el epicentro de todas las paranoias, donde familias, jartibles, capillitas y turistas, por toca, nos van volviendo locos cada dos meses a los que tenemos la suerte o la desgracia de vivir en los aledaños de este manicomio. La verdad es que se agradece pues elimina el acostumbrado aburrimiento, la inveterada somnolencia del invierno, pero a veces uno no querría divertirse tanto.