domingo, 7 de febrero de 2010



MIGUEL HERNÁNDEZ
Adiós hermanos, camaradas y amigos,
despedidme del mar y de los trigos

En este país tan trágico, en el que se canta a la muerte de un hombre desde los balcones, en el que desde los tendidos se jalea a un toro desangrado, en el que aún se busca la fosa del poeta, en el que el quejío es arte…yo quiero hablar de la vida.
Yo quiero hablar de aquellos días en los que Miguel Hernández desconocía aún su trágico destino, de aquellos días en los que Ramón Sijé le dijo: “Miguel, vete a Madrid, aquí en Orihuela sólo irías agonizando lentamente”, de aquellos días en los que Miguel le hizo caso, llenó su maleta de cartón con todos los “silbos” de la aldea y llegó a la capital para darse de bruces con la ignorancia: “¡Rascacielos, qué risa, rascaleches…!”
Quiero hablar de ese Miguel Hernández “hijo de la luz”, no de las sombras; del Miguel Hernández con la herida del amor y de la vida, no de la muerte; de un Miguel Hernández no tiznado aún por la pena, no “umbrío por la pena, casi bruno”.
A cien años vista desde su nacimiento, yo quiero recordar su ilusión, sus ganas, su fuerza, su poesía de entrañas…al poeta cabrero de Cossio, al caragarbanzo de Neruda, al Miguel amigo/amante de Maruja Mallo en las riberas del Henares “mientras el resto de los poetas les breábamos con boñigas de vaca”, como cuenta su amigo Cela; al Miguel mitinero del Quinto Regimiento: “Compañeros, vivimos una época de sangre…campesinos, trabajadores, jornaleros, ¡Viva la República!, ¡Viva el Frente Popular!, ¡Abajo el fascismo!”; al Miguel que volvía a Cox y, como un diablo cojuelo, levantaba los tejados de sus casas para encontrarse cuanto antes con Josefina y “poblarle su vientre de amor y sementera”, para engendrar un hijo que naciera “con el puño cerrado envuelto en un clamor de victoria y guitarras”.
Lo siento, amigos, no tengo vocación de buitre y hace tiempo que me decomisaron la carnaza del llanto, y así no hay forma de ser bien recibido en los esplendorosos salones de la tragedia nacional. ¡Qué bien les sientan las lágrimas a los volatineros de la muerte, a los trágicos buscadores de huesos, a los apócrifos cantores de la pena negra!, Ay, ellos no lo saben, pero a mi hace tiempo que me duelen, como a Miguel, “en los cojones del alma”.

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